12 cuentos para dormir


Los cuentos infantiles para dormir ayudan en el descanso de los niños, estrechan la relación entre padres e hijos y estimulan el hábito de la lectura. Hoy traemos una selección de cuentos cortos para dormir, orientados a bebés y niños en edad preescolar y, por qué no, para niños un poquito más "grandecitos".

Algunos son cuentos de valores, otros enseñan qué es el amor, y otros simplemente recrean un rico mundo de alegría y humor. No podían faltar tampoco un par de nanas para los bebés de la casa.

1. El potro obscuro, de Miguel Hernández

cuentos para dormir

El potro obscuro es un cuento para dormir de Miguel Hernández. Nos relata la historia de un caballo, dos niños, un perro blanco, una gatita negra y una ardilla gris que emprenden el viaje hacia la Gran Ciudad del Sueño.

Una vez había un potro obscuro. Su nombre era Potro-Obscuro.

Siempre se llevaba a los niños y las niñas a la Gran Ciudad del Sueño.

Se los llevaba todas las noches. Todos los niños y las niñas querían montar sobre el Potro-Obscuro.

Una noche encontró a un niño. El niño dijo:

¡Llévame, caballo
pequeño,
a la gran ciudad
del sueño!

—¡Monta! —dijo el Potro-Obscuro.

Montó el niño y fueron galopando, galopando, galopando.

Pronto encontraron en el camino a una niña.

La niña dijo:

¡Llévame, caballo pequeño,
a la gran ciudad del sueño!

—¡Monta a mi lado! —dijo el niño.

Montó la niña y fueron galopando, galopando, galopando.

Pronto encontraron en el camino un perro blanco.

El perro blanco dijo:

¡Guado, guado, guaguado!
¡A la gran ciudad del sueño
quiero ir montado!

—¡Monta! —dijeron los niños.

Montó el perro blanco y fueron galopando, galopando, galopando.

Pronto encontraron en el camino una gatita negra.
La gatita negra dijo:

¡Miaumido, miaumido,
miaumido!
¡A la gran ciudad del sueño
quiero ir, ya
ha obscurecido!

—¡Monta! —dijeron los niños y el perro blanco.

Montó la gatita negra y fueron galopando, galopando, galopando.

Pronto encontraron en el camino a una ardilla gris.

La ardilla gris dijo:

¡Llévenme ustedes,
por favor,
a la gran ciudad del sueño,
donde no hay pena
ni dolor!

—¡Monta! —dijeron los niños, el perro blanco y la gatita negra.

Montó la ardilla gris y fueron galopando, galopando, galopando.

Galopando y galopando, hicieron leguas y leguas de camino.

Todos eran muy felices. Todos cantaban, y cantaban, y cantaban.

El niño dijo:

—¡Deprisa, deprisa, Potro-Obscuro! ¡Ve más deprisa! -Pero el Potro-Obscuro iba despacio. El Potro-Obscuro iba despacio, despacio, despacio.

Había llegado a la gran ciudad del sueño.

Los niños, el perro blanco, la gatita negra y la ardilla gris estaban dormidos. Todos estaban dormidos al llegar el Potro-Obscuro a la Gran Ciudad del Sueño.

2. La gallinita roja, de Byron Barton

Este simpático cuento de Byron Barton hoy forma parte de la tradición popular inglesa. Es ideal para preparar el descanso de los pequeños. Por un lado, su acento rítmico ayuda a la relajación. Por el otro, contiene una importante moraleja: si quieres disfrutar de la recompensa, no seas perezoso y trabaja por ello.

Había una vez una linda gallinita roja que vivía en una granja con sus tres pollitos y sus amigos el cerdo, el pato y el gato. Un día, mientras escarbaba la tierra, la gallinita roja se encontró un grano de trigo en el suelo y pensó en hacer pan para compartirlo con sus amigos de la granja.

La gallinita roja, entusiasmada con sus planes, preguntó a los animales:

—¿Quién me ayuda a sembrar este grano de trigo?

—Yo no —dijo el cerdo.

—Yo no —dijo el pato.

—Yo no —dijo el gato.

—Entonces lo haré yo —respondió la gallinita roja—. ¡Cocorocó!

Y sembró el grano de trigo, el grano creció y creció.

—¿Quién me ayuda a cortar el trigo? —preguntó esta vez la gallinita roja.

—Yo no —dijo el cerdo.

—Yo no —dijo el pato.

—Yo no —dijo el gato.

—Entonces lo haré yo —respondió la gallinita roja—. ¡Cocorocó!

Y la gallinita roja cortó el trigo del trigal.

—¿Quién podrá llevar el trigo al molino para convertirlo en harina? —preguntó la gallinita roja.

—Yo no —dijo el cerdo.

—Yo no —dijo el pato.

—Yo no —dijo el gato.

—Entonces lo haré yo —respondió la gallinita roja—. ¡Cocorocó!

Llevó el trigo al molino y más tarde regresó con la harina.

—¿Quién me ayudará a amasar esta harina? —preguntó la gallinita roja.

—Yo no —dijo el cerdo.

—Yo no —dijo el pato.

—Yo no —dijo el gato.

—Entonces lo haré yo —respondió la gallinita roja—. ¡Cocorocó!

La gallinita preparó la masa y luego llevó el pan al horno. Cuando estuvo listo, preguntó:

—¿Y quién se comerá conmigo este pan caliente?

—Yo —dijo el cerdo.

—Yo —dijo el pato.

—Yo —dijo el gato.

—Pues no, ahora me lo comeré yo con mis tres pollitos —dijo la gallinita roja—. ¡Cocorocó!

Y la gallinita roja se comió con su familia todo el pan por el que trabajó.

3. Las tres monedas, de José Rosas Moreno

José Rosas Moreno nos enseña con este relato dónde está el verdadero valor de la vida: en el amor por los demás y la generosidad. Tres hermanos reciben de su padre una moneda y deben emplearla en algo bueno. El que mejor emplee la moneda, ganará un premio especial

Al volver cierto día a su casa, un padre cariñoso dio a cada uno de sus pequeños hijos una moneda de diez centavos, ofreciendo un precioso regalo al que mejor empleara su modesto tesoro.

Llenos de alegría los niños con aquél obsequio, se alejaron gozosos, expresando su placer en sus gritos y en sus risas infantiles.

Durante algunas horas recorrieron las calles de la ciudad, deteniéndose embelesados ante los lujosos aparadores de tiendas y dulcerías y después de su agradable paseo regresaron contentos al hogar, donde los aguardaban las caricias maternales.

Cuando la tarde declinaba, el amoroso padre los reunió en el jardín para que le dieran cuenta del uso que habían hecho de su fortuna.

—Yo, dijo el más pequeño, he comprado dulces deliciosos y los he comido todos, pensando en que eres tú muy bueno y en que nos quieres mucho.

— Es natural en tu edad, hijo mío, que solo pienses en el placer de un momento, exclamó el padre; los años y la experiencia llegarán a hacerte al fin mas sabio y mas prudente.

—Yo, dijo el otro niño, he guardado cuidadosamente la moneda que me diste, con otras que ya tenia, para reunir mucho dinero y comprar mas tarde un hermoso vestido.

— Tú piensas en el porvenir, exclamó alborozado el padre; el buen juicio y la economía te harán al fin rico y dichoso.

Llegó su vez al mayor de los tres niños; pero guardó silencio, bajando al suelo los ojos, ruborizado.

—¿Qué has hecho tú de tu tesoro?— le preguntó el padre severamente.

Conmovido el pobre niño, no se atrevía a contestar.

—Yo lo he visto todo, dijo entonces la madre, estrechando al niño entre sus brazos y llenándole de caricias. Iba Enrique a comprar con su moneda un bellísimo e ingenioso juguete, cuando pasaron cerca de él algunos pobres niños huérfanos, tristes, enflaquecidos y cubiertos de harapos, pidiendo tímidamente una limosna por amor de Dios. Nuestro hijo, al verles, sintió sus ojos inundados de lágrimas, abandonó el juguete, y con su moneda compró pan que los pequeños mendigos comieron con ansiedad, bendiciéndole.

—Tuyo es el regalo, hijo mío, exclamó el padre; tú has empleado mejor que tus hermanos tu modesto tesoro. Más delicioso que el sabor de los dulces, más grande que el placer de llevar un hermoso vestido, es el gozo purísimo que deja en el corazón el recuerdo de una acción buena. Toma esta moneda de oro, recompensa justa de tu generoso proceder; haz buen uso de ella, y no olvides que Dios sonríe en el cielo cuando ve desarrollarse en el alma de los niños el sentimiento de la caridad.

4. El concierto de los animales, de Ramón de Campoamor

Otro motivo muy explorado para hacer dormir a los niños evocar elementos serenos y divertidos de la naturaleza, como el sonido de los animales. En este poema, Ramón de Campoamor describe el concierto hecho con los ruidos de los animales, que solo se armoniza cuando aparece su director.

Supuesto que respira,
se hace oír, bien o mal, cualquier garganta;
y en esto no hay mentira,
pues mal o bien, el que respira, canta.

Hablen, si no, mil animales duchos
que dieron un concierto como muchos.

Y es fama que el sentido
no acompaña a los órganos vocaíes,
por lo que ha sucedido
que en la patria de dichos animales,
cada cual, presumiéndose asaz diestro,
gritó:
—¡Caiga el león! ¡Fuera el maestro!

Cayó la monarquía,
y en república el reino convirtieron.

—Vaya una sinfonía
de nuestros triunfos en honor —dijeron—;
cada uno cante cual le venga a mano;
ya no más director; ¡muera el tirano!

Comenzóse el concierto,
"cá-cá-rá-cá", gritando el polli-gallo;
y al primer desacierto
con un relincho contestó el caballo;
"a-y-o, a-y-o", siguió el pollino;
"pí-pí-pí", el colorín; "ufff", el cochino.

El "mis" y el "marramau"
cantó el gato montés, cual tigre bravo;
y con cierto "pau-pau"
le acompañaba el indolente pavo;
formando tan horrenda algarabía,
que ni el mismo Luzbel la aguantaría.

El león destronado,
viendo el reino en desórdenes tan grandes,

—Silencio —dijo airado,
mostrando un arcabuz ganado en Flandes—;
el rey va a dirigir: atrás, canalla.
Y al verle cada cual, amorra y calla.

—Vuelva a sonar la orquesta
—siguió el tirano, de Nerón trasunto—,
y ¡ay de la pobre testa
de aquel que por gruñir me coma un punto!
¿Qué es replicar? No hay réplica ninguna.
Palo o canción; vamos a ver: ¡a una!

Y la orquesta empezando,
"pí-pí", "cá-cá-rá-cá", "mís-mís", "miau-miau"
siguió después sonando
"a-y-o, a-y-o", "ufff-ufff", "pau-pau".
Y tal sonó la música que alabo,
que el mundo gritó absorto: —¡Bravo! ¡Bravo!

Fue el concierto, antes loco,
la maravilla, vive Dios, del arte;
y aunque gruñendo un poco,
cada animal desempeñó su parte;
aprendiendo, en perjuicio de su testa,
que sin buen director no hay buena orquesta.

5. La Fe y las montañas, de Augusto Monterroso

Augusto Monterroso explora en este microcuento la paradoja entre el poder de la fe, y el cómo los seres humanos, en la medida en que la historia ha transcurrido, han preferido darle la espalda. El cuento nos permite recordarle a los niños que la fe mueve montañas, aunque algunos prefieran olvidarlo a conveniencia.

Al principio la Fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios. Pero cuando la Fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía.

La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora las montañas permanecen por lo general en su sitio. Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de fe.

6. La casa de los juguetes, de Irene Hernández

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En el siguiente cuento, Irene Hernández enseña cuál es el mejor modo de relacionarse con los amigos. En vez de tratar de impresionarlos con historias falsas, es mejor compartir con ellos las experiencias verdaderas que inundan nuestros días de cosas maravillosas. ¡Compartir en vez de mentir y alardear!

Leo era un niño al que le encantaban las historias de ciencia ficción y siempre andaba inventando aventuras para contar a sus amigos.

—¿Sabéis lo que me pasó anoche?— decía Leo a sus amigos.

—A ver, ¿qué historia te vas a inventar ahora, Leo? —le contestaban.

—Un astronauta vino a mi habitación y me dijo que me llevaría en su cohete a la luna —respondió Leo.

—¡Jajajaja! ¡Cada día inventas más, Leo!— se reían sus amigos.

Pero a Leo le divertía mucho inventar esas historias y soñaba con que algún día una de ellas se haría realidad.

Ese fin de semana, Leo se fue con su bici a dar un paseo y, de repente, vio unas luces muy extrañas en una casa abandonada.

—¿Qué habrá sido eso? —se preguntaba.

Como era tan curioso, no dudo un momento en ir a ver qué había allí.

Al acercarse, pudo oír un montón de voces y risas y ver muchas luces de colores que salían por la ventanas. ¡Parecía una fiesta!

Cuando Leo llegó vio que la puerta estaba abierta, así que, ni corto ni perezoso, entró para cotillear. Lo que no esperaba era lo que iban a ver sus ojos.

¡Esa casa estaba llena de juguetes que habían cobrado vida! Ositos de peluche y muñecas bailando, robots cantando en un karaoke y hasta pelotas que saltaban por todos lados riéndose a carcajadas.

Leo se quedó petrificado en la puerta hasta que uno de lo ositos de peluche se dio cuenta de que el niño estaba ahí.

—¡Mirad todos! ¡Un niño ha venido a vernos!— gritaba el osito.

Todos los juguetes se pusieron muy contentos porque hacía mucho que ningún niño aparecía por allí, así que todos invitaron a Leo a quedarse en la fiesta.

Leo se divirtió como nunca y estaba deseando volver para contárselo a sus amigos.

—¡Chicos! Cuando os cuente esto no os lo vais a creer —dijo Leo

—Leo, ¡ya vale de inventar historias! ¡Ya no te creemos!— le respondieron.

Pero esta vez era verdad y Leo se dio cuenta de que, aunque fuera de broma, les había mentido tanto que ahora sus amigos no lo iban a creer.

Así que les prometió que nunca más inventaría historias a cambio de que le acompañaran a la casa de los juguetes. Aunque al principio nadie quería ir, al final todos fueron y alucinaron tanto que agradecieron siempre a Leo que compartiera ese gran secreto con todos.

7. El murciélago, recopilado por Baudilio Revelo Hurtado

Este cuento, proveniente de la tradición de Colombia, fue recopilado por Baudilio Revelo Hurtado e hijos en el libro Cuentos para dormir a Isabela. Su fuente original es Lucrecia Panchano, del municipio de Guapi, Cauca. El cuento crea una historia muy singular para explicar el por qué los murciélagos son como son.

Peleaban los animales entre ellos, los cuadrúpedos con las aves y el murciélago se encontraba estacionado en la copa de un árbol. Los veía pero no intervenía en ningún bando.

Cuando vio que la pelea se inclinaba del lado de las aves, inmediatamente se bajó volando y las felicitó: yo estoy con ustedes. ¡Pero si vos no tenés patas! Le contestaron. No señó, mire, mi medio de locomoción son las alas, yo soy un ave y estoy con ustedes. Mientras se distrajeron hablando con el murciélago, le cogieron ventaja los cuadrúpedos y se inclinó la batalla a favor de ellos.

Inmediatamente cuando él vio eso se pasó donde los cuadrúpedos. Sacó sus muelas, se puso en cuatro patas, caminó arrastra'o y les dijo: miren, soy cuadrúpedo, yo soy de ustedes, yo fui a regañar a esos de allá. En eso no siguieron peliando, las aves con los cuadrúpedos fumaron la pipa de la paz, y todo se arregló.

Cuando él vio eso quiso anexarse a las aves y lo rechazaron: usted dijo que era cuadrúpedo. Y cuando quiso hacerse al lado de los cuadrúpedos no lo aceptaron: porque usted dijo que era ave. Al murciélago no le quedó más remedio que someterse a la oscuridad de la noche, alimentarse de frutas, de sangre y no tener amigos.

8. El libro de los cochinitos, de Aquiles Nazoa

Este pequeño cuento rimado de Aquiles Nazoa es un simpático relato sobre su curiosidad infantil, acerca de por qué los cerdos tienen tan variados nombres, siendo animalitos tan comunes y corrientes. Su tono testimonial nos hace sentir parte de la escena y su sentido del humor nos arranca una sonrisa.

Allá por el año treinta
—quién sabe si más allá—
cuando yo era todavía
un niño de tierna edad
y con mi padre ciclista
salía al campo a pasear.
Él pedaleando adelante
y yo como un mono atrás.
Cada vez que nos tocaba
junto a un cochino pasar,
—¿Cómo se llama ese bicho?
¿Cómo se llama papá?
Le gritaba yo a mi padre
mostrándole el animal
cuya presencia excitaba
mi infantil curiosidad.

Siempre era igual mi pregunta
frente al robusto animal,
más la respuesta paterna
no era la misma jamás.

Pues cada vez que veíamos
algún cochino pasar,
por un nombre diferente
me lo nombraba papá.
Este de acá era cochino,
marrano el de más allá,
lechón o cerdo aquel otro,
chancho y puerco los demás,
y en fin, seis nombres distintos
y uno solo el animal.

Pues bien, ya no soy un niño,
ya no vivo con papá,
ya no salgo en bicicleta
por los campos a pasear.
Ya soy padre de familia,
ya soy un hombre de edad,
y aún comprender no he podido
por qué al cochino le dan
esa cáfila de nombres
con que lo suelen nombrar.

Animales en el mundo
cien veces más grandes hay
y sólo tienen un nombre
—que es el nombre popular—
aparte del que le ponen
en la Historia Natural.
Ahí tenéis al elefante,
que con ser todo un titán
y pese a su gran volumen
sólo dos nombres le dan:
elefante, paquidermo y…
pare usted de contar.

En cambio, siendo el cochino
tan pequeño y tan vulgar,
tiene —y que Dios me perdone—
más nombres que el santoral:
cochino, lechón, marrano,
chancho, puerco y… basta ya.
Oh, lectores respondedme,
decid con sinceridad,
¿no son demasiados nombres
para tan poco animal?

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9. La gallina duende, de Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber y Larrea)

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En este cuento, Cecilia Böhl de Faber y Larrea, quien solía firmar con el seudónimo masculino de Fernán Caballero, enseña que no debemos oprimir a los demás para obtener beneficios de ellos. Antes bien, si queremos que nos ayuden, nuestro deber es ser generosos y brindarles condiciones óptimas para que compartan sus dones.

Una mujer vio entrar en su corral una hermosa gallina negra, la que a poco puso un huevo que parecía de pava, y más blanco que la cal. Estaba la mujer loca con su gallina, que todos los días ponía su hermosísimo huevo. Pero hubo de acabársele la overa, y la gallina dejó de poner, y su ama se incomodó tanto, que dejó de darla trigo, diciendo:

-Gallina que no pone, trigo no come.

A lo que la gallina, abriendo horrorosamente el pico, contestó:

-Poner huevo y no comer trigo, eso no es conmigo.

Y abriendo las alas, dio un volteo, se salió por la ventana y desapareció, por lo que la mujer se cercioró de que la tal gallina era un duende, que se fue sentido por la avaricia de la dueña.

10. El avión más grande del mundo, de Esteban Cabezas

En este breve relato, Esteban Cabezas cuenta la historia de un hombre rico y necio que estaba tan obsesionado por hacer el avión más grande del mundo, que cuando lo hubo terminado nunca lo pudo mover. De este modo, nos enseña lo absurdo de la ambición sin límites y sin propósito noble.

Había un señor multimegasupermillonario que se llamaba Luis. Y como tenía tantos multimegasupermillones se le ocurrían ideas multimegasupermillonarias. Un día quiso que le fabricaran el avión más grande del mundo. Y pidió que le pusieran diez pisos, un montón de piscinas y muchas canchas de golf.

Sus ayudantes lo hicieron tal como lo pidió, pero Luis lo encontró muy pichiruchi, que quiere decir chicoco. Entonces dijo que le agregaran dos restaurantes, un acuario con tiburones, un hospital para hacerse la cirugía plástica y también una dulcería. Y así lo hicieron, pero siguió pareciéndole poca cosa.

Entonces le pusieron unas montañas encima, con árboles y ovejitas pastando, y además construyeron un enorme castillo y una de las piscinas la convirtieron en un lago. Todos estaban tiritando cuando finalmente llegó Luis, porque ya no le podían poner más cosas al avión. Pero esta vez a Luis le gustó. El problema es que cuando intentaron despegar, el avión no se movió ni un metro. Entonces le pusieron una bandera y lo convirtieron en país.

11. Coplas de cuna para un negrito, de Germán Berdiales

Estas sencillas coplas de cuna, de Germán Berdiales, se articulan como un poema sencillo y rítmico de gran cadencia. Se trata de un tipo de nana que ayuda a transmitir el amor de padres a hijos, por medio de un arrullo al bebé que trata de dormir. Si además de leerlo puedes cantarlo con una melodía que te salga del corazón, a tu pequeño le encantará.

De negros padres
nació este niño,
como ellos negro,
negro macizo.

Este niñito tan
negro es
que, cuando llora,
llora café.

A mi negrito
yo no cambio
ni por un negro,
ni por un blanco.

Es mi negrito,
dientes de nácar,
la más grande
de las maracas.

Dice la gente:
–Relampaguea...
–y es mi negrito
que parpadea.

12. Nana silvestre, de Eduardo Castillo

Al igual que los cuentos, las nanas son ideales para ayudar a dormir a los niños, porque tienen sonoridad y un ritmo parsimonioso. Eduardo Castillo nos presenta esta dulce nana inspirada en las flores silvestres: lirio, alhelí, rosas, yerbabuena y azucenas... agradables y tranquilizantes imágenes que te ayudarán a serenar a tus hijos y prepararlos para el descanso.

Nana, mi nanana,
lirio y alhelí,
que baja la noche
con su manta gris.

Nana, mi nanana,
menta y yerbabuena,
que baja la luna
con sus azucenas.

Nana, mi nanana,
toronjo y azahar,
que ya la paloma
se pone a soñar.

Y dulce está el cielo,
y dulce está el mar,
y dulces los sueños
que empiezas a hilar.

Nana, mi nanana,
duerme, mi rosal.