6 poemas fundamentales de Gabriela Mistral


Andrea Imaginario
Andrea Imaginario
Licenciada en Artes y magíster en Literatura Comparada

Gabriela Mistral fue la primera latinoamericana en recibir el premio Nobel de literatura, en 1945. Para ella, la poesía fue el hallazgo más importante de su vida, ya que le permitió encontrar un sendero propio y, evidentemente, la trascendencia histórica.

A través de este género, Mistral logró conquistar el corazón del mundo, dejando una marca indeleble en la cultura latinoamericana.

Conozcamos de sus poemas más célebres en este artículo. Al final, podrás encontrar una breve semblanza de Gabriela Mistral. 

Besos

Se trata de un poema en los que los versos impares son libres, y los pares forman rima consonante. En este poema, Mistral hace un recorrido figurativo por el significado de los besos. Los besos de la sensualidad, del afecto, de la verdad, del agradecimiento, de la redención y la traición. Al final, brillarán los besos únicos, creados por el que besa para el ser amado. 

Hay besos que pronuncian por sí solos 
la sentencia de amor condenatoria, 
hay besos que se dan con la mirada 
hay besos que se dan con la memoria. 

Hay besos silenciosos, besos nobles 
hay besos enigmáticos, sinceros 
hay besos que se dan sólo las almas 
hay besos por prohibidos, verdaderos. 

Hay besos que calcinan y que hieren, 
hay besos que arrebatan los sentidos, 
hay besos misteriosos que han dejado 
mil sueños errantes y perdidos. 

Hay besos problemáticos que encierran 
una clave que nadie ha descifrado, 
hay besos que engendran la tragedia 
cuantas rosas en broche han deshojado. 

Hay besos perfumados, besos tibios 
que palpitan en íntimos anhelos, 
hay besos que en los labios dejan huellas 
como un campo de sol entre dos hielos. 

Hay besos que parecen azucenas 
por sublimes, ingenuos y por puros, 
hay besos traicioneros y cobardes, 
hay besos maldecidos y perjuros. 

Judas besa a Jesús y deja impresa 
en su rostro de Dios la felonía, 
mientras la Magdalena con sus besos 
fortifica piadosa su agonía. 

Desde entonces en los besos palpita 
el amor, la traición y los dolores, 
en las bodas humanas se parecen 
a la brisa que juega con las flores. 

Hay besos que producen desvaríos 
de amorosa pasión ardiente y loca, 
tú los conoces bien, son besos míos 
inventados por mí, para tu boca. 

Besos de llama que en rastro impreso 
llevan los surcos de un amor vedado, 
besos de tempestad, salvajes besos 
que solo nuestros labios han probado. 

¿Te acuerdas del primero...? Indefinible; 
cubrió tu faz de cárdenos sonrojos 
y en los espasmos de emoción terrible, 
llenáronse de lágrimas tus ojos. 

¿Te acuerdas que una tarde en loco exceso 
te vi celoso imaginando agravios, 
te suspendí en mis brazos... vibró un beso, 
y qué viste después...? Sangre en mis labios. 

Yo te enseñé a besar: los besos fríos 
son de impasible corazón de roca, 
yo te enseñé a besar con besos míos 
inventados por mí, para tu boca.

Piececitos 

La preocupación social era común en la intelectualidad latinoamericana de la primera mitad del siglo XX. Más aun en Gabriela Mistral, quien además de poeta fue una educadora insigne, y colaboró con el diseño educativo de su país y con el de México. 

En este poema, Mistral se pasea por la mirada compasiva hacia los niños pobres y abandonados de los que sus piececitos, pequeños y desnudos, son imagen. La poeta se pregunta cómo es posible que nadie los note, que nadie haga nada por ellos...  

Piececitos de niño, 
azulosos de frío, 
¡cómo os ven y no os cubren, 
Dios mío! 

¡Piececitos heridos 
por los guijarros todos, 
ultrajados de nieves 
y lodos! 

El hombre ciego ignora 
que por donde pasáis, 
una flor de luz viva 
dejáis; 

que allí donde ponéis 
la plantita sangrante, 
el nardo nace más 
fragante. 

Sed, puesto que marcháis 
por los caminos rectos, 
heroicos como sois 
perfectos. 

Piececitos de niño, 
dos joyitas sufrientes, 
¡cómo pasan sin veros 
las gentes!

Amor amor 

El amor es expuesto aquí como un destino ineludible. La poeta lo sabe: no es la voluntad la que determina la experiencia amorosa. El amor simplemente se impone y no hay cómo cerrarle la puerta. Así, el amor se representa casi un mandato, como una voz que irrumpe y obliga a ser escuchada. 

Anda libre en el surco, bate el ala en el viento, 
late vivo en el sol y se prende al pinar. 
No te vale olvidarlo como al mal pensamiento: 
¡le tendrás que escuchar! 

Habla lengua de bronce y habla lengua de ave, 
ruegos tímidos, imperativos de mar. 
No te vale ponerle gesto audaz, ceño grave: 
¡lo tendrás que hospedar! 

Gasta trazas de dueño; no le ablandan excusas. 
Rasga vasos de flor, hiende el hondo glaciar. 
No te vale decirle que albergarlo rehúsas: 
¡lo tendrás que hospedar! 

Tiene argucias sutiles en la réplica fina, 
argumentos de sabio, pero en voz de mujer. 
Ciencia humana te salva, menos ciencia divina: 
¡le tendrás que creer! 

Te echa venda de lino; tú la venda toleras. 
Te ofrece el brazo cálido, no le sabes huir. 
Echa a andar, tú le sigues hechizada aunque vieras 
¡que eso para en morir!

Yo canto lo que tú amabas

En este poema, la poeta recurre a la voz como imagen de un itinerario de pistas que el sujeto amado debe seguir para encontrarla. La voz es ella misma, la presencia. Hacer sonar su voz, sus cantos, y poner en ella la memoria de las cosas amadas por el otro, es el camino seguro para el reencuentro. La enamorada espera a que este rastro vocal, este hálito sonoro que es el canto, sea el eco de sirenas que atrae al navegante. 

Yo canto lo que tú amabas, vida mía, 
por si te acercas y escuchas, vida mía, 
por si te acuerdas del mundo que viviste, 
al atardecer yo canto, sombra mía. 

Yo no quiero enmudecer, vida mía. 
¿Cómo sin mi grito fiel me hallarías? 
¿Cuál señal, cuál me declara, vida mía? 

Soy la misma que fue tuya, vida mía. 
Ni lenta ni trascordada ni perdida. 
Acude al anochecer, vida mía; 
ven recordando un canto, vida mía, 
si la canción reconoces de aprendida 
y si mi nombre recuerdas todavía. 

Te espero sin plazo ni tiempo. 
No temas noche, neblina ni aguacero. 
Acude con sendero o sin sendero. 
Llámame a donde tú eres, alma mía, 
y marcha recto hacia mí, compañero.

Caricia 

Gabriela Mistral escribió una serie de poemas con evocación infantil, inspirados en la labor docente que por años realizó. Mistral evoca en este la imagen de la madre y sus caricias de protección absoluta. En los brazos de la madre el niño yace seguro, tranquilo. 

Madre, madre, tú me besas, 
pero yo te beso más, 
y el enjambre de mis besos 
no te deja ni mirar... 

Si la abeja se entra al lirio, 
no se siente su aletear. 
Cuando escondes a tu hijito 
ni se le oye respirar... 

Yo te miro, yo te miro 
sin cansarme de mirar, 
y qué lindo niño veo 
a tus ojos asomar... 

El estanque copia todo 
lo que tú mirando estás; 
pero tú en las niñas tienes 
a tu hijo y nada más. 

Los ojitos que me diste 
me los tengo de gastar 
en seguirte por los valles, 
por el cielo y por el mar...

Desolación 

Chile vivió a mediados de siglo XIX lo que llaman una colonización selectiva. El gobierno había abierto sus fronteras para recibir extranjeros católicos que tuvieran mínimamente educación secundaria. Así llegaron los alemanes, imponiendo su lengua y costumbres a las zonas que habitaron. Mistral levanta su voz ante ello, ante la transformación del paisaje afectivo, ante la extrañeza de un espacio que empieza a perder su identidad. 

La bruma espesa, eterna, para que olvide dónde 
me ha arrojado la mar en su ola de salmuera. 
La tierra a la que vine no tiene primavera: 
tiene su noche larga que cual madre me esconde. 

El viento hace a mi casa su ronda de sollozos 
y de alarido, y quiebra, como un cristal, mi grito. 
Y en la llanura blanca, de horizonte infinito, 
miro morir intensos ocasos dolorosos. 

¿A quién podrá llamar la que hasta aquí ha venido 
si más lejos que ella sólo fueron los muertos? 
¡Tan sólo ellos contemplan un mar callado y yerto 
crecer entre sus brazos y los brazos queridos! 

Los barcos cuyas velas blanquean en el puerto 
vienen de tierras donde no están los que no son míos; 
sus hombres de ojos claros no conocen mis ríos 
y traen frutos pálidos, sin la luz de mis huertos. 

Y la interrogación que sube a mi garganta 
al mirarlos pasar, me desciende, vencida: 
hablan extrañas lenguas y no la conmovida 
lengua que en tierras de oro mi pobre madre canta. 

Miro bajar la nieve como el polvo en la huesa; 
miro crecer la niebla como el agonizante, 
y por no enloquecer no encuentro los instantes, 
porque la noche larga ahora tan solo empieza. 

Miro el llano extasiado y recojo su duelo, 
que viene para ver los paisajes mortales. 
La nieve es el semblante que asoma a mis cristales: 
¡siempre será su albura bajando de los cielos! 

Siempre ella, silenciosa, como la gran mirada 
de Dios sobre mí; siempre su azahar sobre mi casa; 
siempre, como el destino que ni mengua ni pasa, 
descenderá a cubrirme, terrible y extasiada.

Sobre Gabriela Mistral 

Tributo a Gabriela Mistral de Fernando Daza Osorio
Tributo a Gabriela Mistral. Fernando Daza Osorio. Cerámica. Santiago de Chile. 2014.

Gabriela Mistral nació en Chile en el año de 1889 y falleció en Nueva York en el año 1957. Su nombre es un seudónimo de Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga. Fue poeta, pedagoga de amplia y reconocida trayectoria, así como diplomática. 

Mistral cuenta haber encontrado el amor por la poesía al hallar unos poemas de su padre, que la había abandonado a los tres años de edad. 

Se dedicó largos años de su vida a la educación escolar y obtuvo reconocimiento internacional por ello, a pesar de que no hizo estudios profesionales en esta área, lo que le ganó la envidia de muchos a su alrededor. 

El nivel intelectual de Gabriela Mistral fue finalmente reconocido y por ello le fue concedido el título de educadora. Con esta profesión, Mistral viajaría por todo el territorio chileno y también por muchos países de América Latina, enseñando a leer y escribir a niños, obreros y campesinos. 

Obtuvo su primer reconocimiento literario en 1914 con el concurso Juegos Florales de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, en el que ganó el primer lugar. 

Poco a poco fue adentrándose en la poesía, a la que dedicó sus energías. Así, en el año 1945 recibiría el premio Nobel de literatura, convirtiéndose en la primera latinoamericana en obtener este reconocimiento. 

En los últimos años, Mistral tuvo una vida errante, razón por la cual muere lejos de su Chile natal, en la ciudad de Nueva York. 

Obras de Gabriela Mistral 

Entre las obras que Gabriela Mistral publicó en vida podemos mencionar: 

  • Desolación. (1922).
  • Lecturas para mujeres. Destinadas a la enseñanza del lenguaje. (1923). 
  • Ternura. Canciones de niños: rondas, canciones de la tierra, estaciones, religiosas, otras canciones de cuna. (1924).
  • Nubes blancas: poesías, y La oración de la maestra. (1930).
  • Tala. (1938). 
  • Antología, selección de la autora. (1941).
  • Los sonetos de la muerte y otros poemas elegíacos. (1952).
  • Lagar. (1954).
  • Recados, contando a Chile. (1957).
Andrea Imaginario
Andrea Imaginario
Profesora universitaria, licenciada en Artes, mención Promoción Cultural (2000), con maestría en Literatura Comparada (2005), por la Universidad Central de Venezuela.