11 poemas de desamor hispanoamericanos


Andrea Imaginario
Andrea Imaginario
Licenciada en Artes y magíster en Literatura Comparada

Cuando el amor abre las puertas de nuestro corazón, existe un riesgo: la puerta queda abierta para que el amor vuelva a irse, y puede ocurrir que la casa interior quede vacía una vez más, abandonada. La casa entonces es habitada por recuerdos, lamentos, quizá alguna culpa... fantasmagorías.

Darles palabra a esas fantasmagorías, darles voz, es la forma de honrar la memoria, y de saldar da deuda propia, haciendo que aquello que vacía el espacio, se vuelva ocasión de belleza que habita. Eso hacen los poetas cuando escriben sobre el desamor. En este artículo, encontraremos una serie de poemas hispanoamericanos que cantan al desamor. 

Enrique Grau In Memoriam
Enrique Grau: In Memoriam. 1990, Colombia. Óleo sobre lienzo. 106 x 137 cm. 

En vano busca la tranquilidad el amor, de Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo, escritor del Siglo de Oro español, repasa los dramas del amor que no encuentra sosiego. El amor no correspondido se vuelve una sentencia que lo empuja al abismo, sin que exista forma de resistirse a él. Quevedo obsequia a quienes aman, pues, la imagen que mejor explica nuestro llanto: "Empiézola a seguir, fáltanme bríos, / y como de alcanzarla tengo gana, / hago correr tras ella el llanto en ríos."

A fugitivas sombras doy abrazos,
en los sueños se cansa el alma mía;
paso luchando a solas noche y día,
con un trasgo que traigo entre mis brazos.

Cuando le quiero más ceñir con lazos,
y viendo mi sudor se me desvía,
vuelvo con nueva fuerza a mi porfía,
y temas con amor me hacen pedazos.

Voy me a vengar en una imagen vana,
que no se aparta de los ojos míos; 
búrlame, y de burlarme corre ufana.

Empiézola a seguir, fáltanme bríos,
y como de alcanzarla tengo gana,
hago correr tras ella el llanto en ríos.

Ausencia, Jorge Luis Borges

El argentino Jorge Luis Borges percibe la ausencia del ser amado. La ausencia se representa abarcante, asfixiante, terrible. La ausencia quema como arde la piel tras haberse expuesto a un sol deslumbrante. No habrá más alivio que el que el tiempo pueda dar. 

Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.

Tú, que nunca serás, de Alfonsina Storni

La mujer ama en medio de la consciencia de su soledad. El amor se le revela intenso pero esquivo, una presencia ausente, un espejismo. 

Sábado fue, y capricho el beso dado,
capricho de varón, audaz y fino,
mas fue dulce el capricho masculino
a este mi corazón, lobezno alado.

No es que crea, no creo, si inclinado
sobre mis manos te sentí divino,
y me embriagué. Comprendo que este vino
no es para mí, mas juega y rueda el dado.

Yo soy esa mujer que vive alerta,
tú el tremendo varón que se despierta
en un torrente que se ensancha en río,

y más se encrespa mientras corre y poda.
Ah, me resisto, más me tiene toda,
tú, que nunca serás del todo mío.

Rosario, de José Martí

El ser amado tiene un nombre: Rosario. El amante busca, desesperado, camina, anda, y percibe el sinsentido de su aventura. 

Rosario
rosario,
En ti pensaba, en tus cabellos
Que el mundo de la sombra envidiaría,
Y puse un punto de mi vida en ellos
Y quise yo soñar que tú eras mía.

Ando yo por la tierra con los ojos,
Alzados, ¡oh mi afán!, a tanta altura
Que en ira altiva o míseros sonrojos
Encendiólos la humana criatura.

Vivir: Saber morir; así me aqueja
Este infausto buscar, este bien fiero,
Y todo el Ser en mi alma se refleja,
¡Y buscando sin fe, de fe me muero!

Poema XX, de Pablo Neruda

Este poema de Pablo Neruda está incluido en el libro 20 poemas de amor y una canción desesperada. Con este texto finaliza la selección de poemas, en los cuales ha repasado el rostro del amor. La última cara solo le ofrece la tristeza. 

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.”
El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y estos sean los últimos versos que yo le escribo.

La enamorada, de Alejandra Pizarnik

Alejandra Pizarnik, escritora argentina, se confiesa amante y sola. El amor es una trampa, un despeñadero, el sino del desastre por venir. 

esta lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir

te arrastra alejandra no lo niegues.

hoy te miraste en el espejo
y te fue triste estabas sola
la luz rugía el aire cantaba
pero tu amado no volvió

enviarás mensajes sonreirás
tremolarás tus manos así volverá
tu amado tan amado

oyes la demente sirena que lo robó
el barco con barbas de espuma
donde murieron las risas
recuerdas el último abrazo
oh nada de angustias
ríe en el pañuelo llora a carcajadas
pero cierra las puertas de tu rostro
para que no digan luego
que aquella mujer fuiste tú

te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto
desesperada, ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más!

Adiós, de Claudio Rodríguez

El poeta español Claudio Rodríguez trae en este poema los ecos de la angustia ante la inminente separación. Le llega la hora a la despedida. 

Cualquier cosa valiera por mi vida
esta tarde. Cualquier cosa pequeña
si alguna hay. Martirio me es el ruido
sereno, sin escrúpulos, sin vuelta
de tu zapato bajo. ¿Qué victorias
busca el que ama? ¿Por qué son tan derechas
estas calles? Ni miro atrás ni puedo
perderte ya de vista. Esta es la tierra
del escarmiento: hasta los amigos
dan mala información. Mi boca besa
lo que muere, y lo acepta. Y la piel misma
del labio es la del viento. Adiós. Es útil
norma este suceso, dicen. Queda
tú con las cosas nuestras, tú, que puedes,
que yo me iré donde la noche quiera.

He aquí que tú estás sola y que estoy solo, de Jaime Sabines

La soledad es mutua, dice Jaime Sabines, poeta mexicano. Es absurda y abyecta. Se porta como una muerte lenta, vacua. Una tristeza inútil, pero insalvable. 

He aquí que tú estás sola y que estoy solo.
Haces tus cosas diariamente y piensas
y yo pienso y recuerdo y estoy solo.
A la misma hora nos recordamos algo
y nos sufrimos. Como una droga mía y tuya
somos, y una locura celular nos recorre
y una sangre rebelde y sin cansancio.
Se me va a hacer llagas este cuerpo solo,
se me caerá la carne trozo a trozo.
Esto es lejía y muerte.
El corrosivo estar, el malestar
muriendo es nuestra muerte.

Ya no sé dónde estás. Yo ya he olvidado
quién eres, dónde estás, cómo te llamas.
Yo soy sólo una parte, sólo un brazo,
una mitad apenas, sólo un brazo.
Te recuerdo en mi boca y en mis manos.
Con mi lengua y mis ojos y mis manos
te sé, sabes a amor, a dulce amor, a carne,
a siembra , a flor, hueles a amor, a ti,
hueles a sal, sabes a sal, amor y a mí.
En mis labios te sé, te reconozco,
y giras y eres y miras incansable
y toda tú me suenas
dentro del corazón como mi sangre.
Te digo que estoy solo y que me faltas.
Nos faltamos, amor, y nos morimos
y nada haremos ya sino morirnos.
Esto lo sé, amor, esto sabemos.
Hoy y mañana, así, y cuando estemos
en nuestros brazos simples y cansados,
me faltarás, amor, nos faltaremos.

Amor, de tarde, de Mario Benedetti

El amante se lamenta por los futuribles: "¿Qué hubiera sido si estuvieras aquí?", se pregunta. Lamenta la ausencia, pero el amante aún sueña, y en el recuerdo encuentra la fantástica alegría de la imaginación.  

Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cuatro
y acabo la planilla y pienso diez minutos
y estiro las piernas como todas las tardes
y hago así con los hombros para aflojar la espalda
y me doblo los dedos y les saco mentiras.

Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cinco
y soy una manija que calcula intereses
o dos manos que saltan sobre cuarenta teclas
o un oído que escucha como ladra el teléfono
o un tipo que hace números y les saca verdades.

Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las seis.

Podrías acercarte de sorpresa
y decirme “¿Qué tal?” y quedaríamos
yo con la mancha roja de tus labios
tú con el tizne azul de mi carbónico.

La renuncia, de Andrés Bello

El amante sostiene el aire todo lo que puede, pero más no puede. Se asfixia, necesita soltar el aliento, abrir la mano que lo sujeta al encierro. Andrés Bello, poeta venezolano, recorre así el dolor del amor desesperanzado, que agotado ya, que llevado a su extremo, comprende que todo ha sido infundado por la fantasía. 

He renunciado a ti. No era posible
Fueron vapores de la fantasía;
son ficciones que a veces dan a lo inaccesible
una proximidad de lejanía.

Yo me quedé mirando cómo el río se iba
poniendo encinta de la estrella...
hundí mis manos locas hacia ella
y supe que la estrella estaba arriba...

He renunciado a ti, serenamente,
como renuncia a Dios el delincuente;
he renunciado a ti como el mendigo
que no se deja ver del viejo amigo;

Como el que ve partir grandes navíos
como rumbo hacia imposibles y ansiados continentes;
como el perro que apaga sus amorosos brios
cuando hay un perro grande que le enseña los dientes;

Como el marino que renuncia al puerto
y el buque errante que renuncia al faro
y como el ciego junto al libro abierto
y el niño pobre ante el juguete caro.

He renunciado a ti, como renuncia
el loco a la palabra que su boca pronuncia;
como esos granujillas otoñales,
con los ojos estáticos y las manos vacías,
que empañan su renuncia, soplando los cristales
en los escaparates de las confiterías...

He renunciado a ti, y a cada instante
renunciamos un poco de lo que antes quisimos
y al final, !cuantas veces el anhelo menguante
pide un pedazo de lo que antes fuimos!

Yo voy hacia mi propio nivel. Ya estoy tranquilo.
Cuando renuncie a todo, seré mi propio dueño;
desbaratando encajes regresaré hasta el hilo.
La renuncia es el viaje de regreso del sueño...

Ven, de Jaime Sáenz

El poeta boliviano Jaime Sáenz representa la voz del amante que no desiste, que evoca la presencia del ser amado, como si de un ser divino se tratase. El amante implora, suplica e, inútilmente, espera. 

Ven; yo vivo de tu dibujo
y de tu perfumada melodía,
soñé en la estrella a que con un canto se podría llegar
-te vi aparecer y no pude asirte, a turbadora distancia
te llevaba el canto
y era mucha lejanía y poco tu aliento para alcanzar
a tiempo un fulgor de mi corazón
-el que ahora estalla ahogado por alguna lluvia compasiva.

Ven, sin embargo; deja que mi mano imprima
inolvidable fuerza a tu olvido,
acércate a mirar mi sombra en la pared,
ven una vez; quiero cumplir mis deseos de adiós.

Andrea Imaginario
Andrea Imaginario
Profesora universitaria, licenciada en Artes, mención Promoción Cultural (2000), con maestría en Literatura Comparada (2005), por la Universidad Central de Venezuela.