4 cuentos venezolanos cortos que no puedes dejar de leer

Catalina Arancibia Durán
Catalina Arancibia Durán
Máster en Literatura Española e Hispanoamericana
Tiempo de lectura: 54 min.

A lo largo del siglo XX el cuento venezolano alcanzó una notable madurez gracias a autores que renovaron sus temas y estilos, consolidando una narrativa breve capaz de reflejar tanto la vida cotidiana como las tensiones sociales y culturales del país.

A continuación se presentan cuatro relatos de reconocidos escritores venezolanos, cuyas obras forman parte de esta rica tradición literaria y permiten apreciar distintas miradas, estilos y preocupaciones dentro del desarrollo del cuento en Venezuela.

1. El diente roto - Pedro Emilio Coll

A los doce años, combatiendo Juan Peña con unos granujas recibió un guijarro sobre un diente; la sangre corrió lavándole el sucio de la cara, y el diente se partió en forma de sierra. Desde ese día principia la edad de oro de Juan Peña.
Con la punta de la lengua, Juan tentaba sin cesar el diente roto; el cuerpo inmóvil, vaga la mirada sin pensar. Así, de alborotador y pendenciero, tornóse en callado y tranquilo.
Los padres de Juan, hartos de escuchar quejas de los vecinos y transeúntes víctimas de las perversidades del chico, y que habían agotado toda clase de reprimendas y castigos, estaban ahora estupefactos y angustiados con la súbita transformación de Juan.
Juan no chistaba y permanecía horas enteras en actitud hierática, como en éxtasis; mientras, allá adentro, en la oscuridad de la boca cerrada, la lengua acariciaba el diente roto sin pensar.
-El niño no está bien, Pablo -decía la madre al marido-, hay que llamar al médico.
Llegó el doctor y procedió al diagnóstico: buen pulso, mofletes sanguíneos, excelente apetito, ningún síntoma de enfermedad.
-Señora -terminó por decir el sabio después de un largo examen- la santidad de mi profesión me impone el deber de declarar a usted...
-¿Qué, señor doctor de mi alma? -interrumpió la angustiada madre.
-Que su hijo está mejor que una manzana. Lo que sí es indiscutible -continuó con voz misteriosa- es que estamos en presencia de un caso fenomenal: su hijo de usted, mi estimable señora, sufre de lo que hoy llamamos el mal de pensar; en una palabra, su hijo es un filósofo precoz, un genio tal vez.
En la oscuridad de la boca, Juan acariciaba su diente roto sin pensar.
Parientes y amigos se hicieron eco de la opinión del doctor, acogida con júbilo indecible por los padres de Juan. Pronto en el pueblo todo se citó el caso admirable del "niño prodigio", y su fama se aumentó como una bomba de papel hinchada de humo. Hasta el maestro de la escuela, que lo había tenido por la más lerda cabeza del orbe, se sometió a la opinión general, por aquello de que voz del pueblo es voz del cielo. Quien más quien menos, cada cual traía a colación un ejemplo: Demóstenes comía arena, Shakespeare era un pilluelo desarrapado, Edison... etcétera.
Creció Juan Peña en medio de libros abiertos ante sus ojos, pero que no leía, distraído con su lengua ocupada en tocar la pequeña sierra del diente roto, sin pensar.
Y con su cuerpo crecía su reputación de hombre juicioso, sabio y "profundo", y nadie se cansaba de alabar el talento maravilloso de Juan. En plena juventud, las más hermosas mujeres trataban de seducir y conquistar aquel espíritu superior, entregado a hondas meditaciones, para los demás, pero que en la oscuridad de su boca tentaba el diente roto, sin pensar.
Pasaron los años, y Juan Peña fue diputado, académico, ministro y estaba a punto de ser coronado Presidente de la República, cuando la apoplejía lo sorprendió acariciándose su diente roto con la punta de la lengua.
Y doblaron las campanas y fue decretado un riguroso duelo nacional; un orador lloró en una fúnebre oración a nombre de la patria, y cayeron rosas y lágrimas sobre la tumba del grande hombre que no había tenido tiempo de pensar.

Pedro Emilio Coll (Venezuela, 1872 - 1947) fue un escritor y diplomático vinculado al modernismo hispanoamericano. Su obra se caracteriza por una mirada crítica y a menudo irónica sobre la sociedad. Aunque cultivó principalmente el ensayo, también escribió cuentos breves en los que combinó observación psicológica, humor y una sutil crítica social.

A través de una historia aparentemente simple, el autor pone en evidencia la facilidad con que la sociedad crea mitos y reputaciones basadas en apariencias.

El silencio de Juan Peña, que surge de una distracción casi involuntaria, es interpretado por quienes lo rodean como señal de inteligencia y profundidad. De este modo, el cuento expone cómo las personas tienden a proyectar significados y virtudes.

Así, funciona como una crítica al prestigio intelectual y político construido sobre la percepción colectiva más que sobre méritos reales. La figura de Juan Peña, que asciende socialmente sin haber hecho nada extraordinario, simboliza la credulidad social y la tendencia a idealizar a quienes parecen distintos o misteriosos.

Con ello, Coll ironiza sobre la idea del “genio” y cuestiona la autoridad que la sociedad otorga a ciertas figuras públicas. El final del cuento refuerza esta ironía. Juan muere sin haber pensado jamás, mientras el país entero lo honra como a un gran pensador.

2. El crepúsculo del diablo - Rómulo Gallegos

En el borde de una pila que muestra su cuenca seca bajo el ramaje sin fronda de árboles de la plaza, de la cual fuera ornato si el agua fresca y cantarina brotase de su caño, está sentado “el Diablo” presenciando el desfile carnavalesco.

La turba vocinglera invade sin cesar el recinto de la plaza, se apiña en las barandas que dan a la calle por donde pasa “la carrera”, se agita en ebrios hormigueos alrededor de los tarantines donde se expenden amargos, frituras, refrescos y cucuruchos de papelillos y de arroz pintado, se arremolina en torno a los músicos, trazando rondas dionisíacas al son del joropo nativo, cuya bárbara melodía se deshace en la crudeza del ambiente deslucido por la estación seca, como un harapo que el viento deshilase.

Con ambas manos apoyadas en el araguaney primorosamente escabullado, el sombrero sobre la nuca y el tabaco en la boca, el Diablo oye aquella música que despierta en las profundidades de su ánimo, no sabe que vagas nostalgias. A ratos melancólica, desgarradora, como un grito perdido en la soledad de las llanuras; a ratos erótica, excitante, aquella música era el canto de la raza oscura, llena de tristeza y de lascivia, cuya alegría es algo inquietante que tiene mucho de trágico.

El Diablo ve pasar ante su mente trozos fugaces de paisajes desolados y nunca vistos, sombras espesas de un dolor que no sintió en su corazón, relámpagos de sangre que otra vez, no sabe cuándo, atravesaron su vida. Es el sortilegio de la música que escarba en el corazón del Diablo, como un nido de escorpiones. Bajo el influjo de estos sentimientos se va poniendo sombrío; sus mejillas chupadas se estremecen levemente, su pupila quieta y dura taladra en el aire una visión de odio, pero de una manera siniestra. Probablemente la causa inconsciente de todo esto es la presencia de la multitud que le despierta diabólicos antojos de dominación; sobre el escabullado del araguaney, sus dedos ásperos de uñas filosas, se encorvan en una crispatura de garras.

Al lado suyo, uno de los que junto con él están sentados en el borde de la pila, le dice:

-Ah, compadre Pedro Nolasco, ¿no es verdad que ya no se ven aquellos disfraces de nuestro tiempo?

El Diablo responde malhumorado:

-Ya esto no es carnaval ni es ná.

El otro continúa evocador:

-¡Aquellos volatines que ponían la cuerda de ventana a ventana! ¡Aquellas pandillas de negritos que se daban esas agarrás al garrote! ¡ Y que se zumbaban de veras! ¡Aquellos Diablos!

Por aquí andaban las nostalgias de Pedro Nolasco.

Era él uno de los diablos más populares y constituía la nota típica dominante, de la fiesta plebeya. A punto de mediodía echábase a la calle con su disfraz infernal, todo rojo, y su enorme “mandador” y de allí en adelante, toda la tarde, era un infatigable ambular por los barrios de la ciudad, perseguido por la chusma ululante, tan numerosa que a veces llenaba cuadras enteras y contra la cual se revolvía de pronto blandiendo el látigo, que no siempre chasqueaba ocioso en el aire para vanas amenazas.

Buenos verdugones levantó más de una vez aquella fusta diabólica en las pantorrillas de chicos y grandulones. Y todos la sufrían como merecido castigo por sus aullidos ensordecedores, sin protesta ni rebeldía, tal que si fuera un flagelo de lo Alto. Era la tradición: contra los latigazos del diablo nadie apelaba a otro recurso sino al de la fuga.

Posesionado de su carácter, dábalos Pedro Nolasco con verdadera indignación, que le parecía la más justa de las indignaciones, pues una vez que se vestía de diablo y se echaba a la calle, olvidábase de la farsa y juzgaba como falta de lesa Majestad los irreverentes alaridos de la chiquillería.

Esta, por su parte, procedía como si se hiciese estas reflexiones: un diablo es un ente superior; todo el que quiere no puede ser diablo, pues esto tiene sus peligros y al que sabe serlo como es debido hay que soportarle los latigazos.

Pedro Nolasco era el mejor de los diablos de Caracas. Su feudo era la parroquia de Candelaria y sus aledaños y allí no había muchacho que no corriese detrás de él aullando hasta enronquecer y arriesgando el pellejo.

Respetábanlo como a un ídolo. Cuando se aproximaba el Carnaval empezaban a hablar de él y su misteriosa personalidad era objeto de entusiastas comentarios. La mayor parte no lo conocían sino de nombre y muchos se lo forjaban de la manera más fantástica. Para algunos Pedro Nolasco no podía ser un hombre como los demás, que trabajaba y vivía la vida ordinaria, sino un ente misterioso, que no salía de su casa durante todo el año y solo aparecía en público en el Carnaval, en su carácter absurdamente sagrado de diablo. Conocer a Pedro Nolasco, saber cuál era su casa y estar al corriente de sus intimidades, era motivo de orgullo para todos; haber hablado con él era algo como poseer la privanza de un príncipe. Se podía llenar la boca quien tal afirmaba, pues, esto solo adquiría gran ascendiente entre la chiquillería de la parroquia.

Aumentaba este prestigio una leyenda en la cual Pedro Nolasco aparecía como un héroe tutelar. Referíase que muchos años atrás, en la tarde de un martes de carnaval, Pedro Nolasco había realizado una proeza de consagración a “su cuerda”. Había para entonces en Caracas un diablo rival de Pedro Nolasco, el diablo de San Juan, que tenía tanto partido como el de Candelaria y que había dicho que ese día invadiría los dominios de este para echarle cuero a él y a su turba. Súpolo Pedro Nolasco y fue en busca de él, seguido de su hueste ululante. Topáronse los dos bandos y el diablo de San Juan arremetió contra la turba del otro, con el látigo en alto acudió en su defensa el de Candelaria y antes de que el rival bajase el brazo para “cuerearlo” le asestó en la cara un formidable cabezaso que a él le estropeó los cuernos y al otro le destrozó la boca. Fue un combate que no se hubiera desdeñado de cantar el Dante.

Desde entonces fue Pedro Nolasco el diablo único contra quien nadie se atrevía, temido de sus rivales vergonzantes, que arrastraban por las calles apartadas irrisorias turbas, admirado y querido de los suyos, a pesar del escozor de las pantorrillas y quizás por esto mismo, precisamente.

Pero corrió el tiempo y el imperio de Pedro Nolasco empezó a bambolear. Un foetazo mal dado, marcó las espaldas de un muchacho de influencia, y lo llevó a la policía; y como Pedro Nolasco se sintiese deprimido de aquel arresto que autorizaba el hecho insólito de una protesta contra su férula, hasta entonces inapelable, decidió no disfrazarse más, antes que aceptar tal menoscabo de su majestad.

II

Ahora está en la plaza viendo pasar la mascarada. Entre la muchedumbre de disfraces atraviesan diablos irrisorios, puramente decorativos, que andan en comparsas y llevan en las manos inofensivos tridentes de cartón plateado. En ninguna parte el diablo solitario, con el tradicional mandador que era terror y fascinación de la chusma. Indudablemente el Carnaval había degenerado.

Estando en estas reflexiones Pedro Nolasco vio que un tropel de muchachos invadía la plaza. A la cabeza venía un absurdo payaso, portando en una mano una sombrilla diminuta y en la otra un abanico con el cual se daba aire en la cara pintarrajeada, con un ambiguo y repugnante ademán afeminado. Era esto toda la gracia del payaso y en pos de la sombrilla corría la muchedumbre fascinada, como tras un señuelo.

Pedro Nolasco sintió rabia y vergüenza. ¿Cómo era posible que un hombre se disfrazase de aquella manera? Y sobre todo, ¿cómo era posible que lo siguiera una multitud? Se necesita haber perdido todas las virtudes varoniles para formar en aquel séquito vergonzoso y estúpido. ¡Miren que andar detrás de un payaso que se abanica como una mujerzuela! ¡Es el colmo de la degeneración carnavalesca!

Pero Pedro Nolasco amaba su pueblo y quiso redimirlo de tamaña vergüenza. Por su pupila quieta y dura pasó el relámpago de una resolución.

Al día siguiente, martes de carnaval, volvió a aparecer en las calles de Caracas el diablo de Candelaria.

Al principio pareció que su antiguo prestigio renacía íntegro, pues a poco ya tenía en su seguimiento una turba que alborotaba las calles con sus siniestros ¡aús! Pero de pronto apareció el payaso de la sombrilla y la mesnada de Pedro Nolasco fue tras el irrisorio señuelo, que era una promesa de sabrosa diversión sin los riesgos a que exponía el mandador del diablo.

Quedó solo este y bajo su máscara de trapo coronada por dos auténticos cuernos de chivo, resbalaron lágrimas de doloroso despecho.

Pero inmediatamente reaccionó y movido por un instinto el cual la experiencia había hecho sabio, arremetió contra la turba desertora, confiando en que el imperativo legendario de su látigo la volvería a su dominio, sumisa y fascinada.

Arremolinose la chusma y hubo un momento de vacilación: el Diablo estaba a punto de imponerse, recobrando, por la virtud del mandador, los fueros que le arrebatase aquel ídolo grotesco. Era la voz de los siglos que resonaba en sus corazones.

Pero el payaso conocía las señales del tiempo y tremolando su sombrilla como una bandera prestigiosa, azuzó a su mesnada contra el diablo.

Volvió a resonar, como en los buenos tiempos, el ululato ensordecedor que fingía una traílla de canes visionarios, pero esta vez no expresaba miedo sino odio.

Pedro Nolasco se dio cuenta de la situación; ¡estaba irremisiblemente destronado! Y, sea porque un sentimiento de desprecio lo hiciese abdicar totalmente el cetro que había pretendido restablecer sobre aquella patulea degenerada, o porque su diabólico corazón se encogiese presa de auténtico miedo, lo cierto fue que volvió las espaldas al payaso y comenzó a alejarse para siempre a su retiro.

Pero el éxito enardeció al payaso. Arengando a la pandilla gritó: ¡Muchachos! Piedras con el diablo.

Y esto fue suficiente para que todas las manos se armasen de guijarros y se levantasen vindicatorias contra el antiguo ídolo en desgracia.

Huyó Pedro Nolasco bajo la lluvia del pedrusco que caía sobre él, y en su carrera insensata atravesó el arrabal y se echó por los campos de los aledaños. En su persecución la mesnada redoblaba su ardor bélico, bajo la sombrilla tutelar del payaso. Y era en las manos de este el abanico fementido el sable victorioso de aquella jornada.

Caía la tarde. Un crepúsculo de púrpura se desgranaba sobre los campos como un presagio. El diablo corría, corría, a través del paraje solitario por un sendero bordeado de montones de basura, sobre los cuales escarbaban agoreros zamuros que, al verlo venir, alzaban el vuelo, torpe y ruidoso, lanzando fatídicos gruñidos para ir a refugiarse en las ramas escuetas de un árbol que se levantaba espectral sobre el paisaje sequizo.

La pedreá continuaba cada vez más nutrida, cada vez más furiosa. Pedro Nolasco sentía que las fuerzas le abandonaban. Las piernas se le doblaban rendidas; dos veces cayó en su carrera; el corazón le producía ahogos angustiosos.

Y se le llenó de dolor, como a todos los redentores cuando se ven perseguidos por las criaturas amadas. ¡Porque él se sentía redentor, incomprendido y traicionado por todos! Él había querido libertar a “su pueblo” de la vergonzosa sugestión de aquel payaso grotesco, levantarlo hasta sí, insuflarle con su látigo el ánimo viril que antaño los arrastran en pos de él, empujados por esa voluptuosidad que produce jugar con el peligro.

Por fin una piedra, lanzada por un brazo más certero y poderoso, fue a darle en la cabeza. La vista se le nubló, sintió que en torno suyo las cosas se lanzaban en una ronda vertiginosa y que bajo sus pies la tierra se le escapaba. Dio un grito y cayó de bruces sobre el basurero. Detúvose la chusma, asustada de lo que había hecho y comenzó a desbandarse.

Sucedió un silencio trágico. El payaso permaneció un rato clavado en el sitio, agitando maquinalmente el abanico. Bajo la risa pintada de albayalde en su rostro, el asombro adquiría una intensidad macabra. Desde el árbol fatídico los zamuros alargaban los cuellos hacia la víctima que estaba tendida en el basurero.

Luego el payaso emprendió la fuga.

Al pasar sobre el lomo de un collado, su sombrilla se destacó funambulesca contra el resplandor del ocaso.

Rómulo Gallegos (Venezuela, 1884 - 1969) fue uno de los escritores más importantes de la narrativa latinoamericana del siglo XX. Su obra se caracteriza por explorar las tensiones entre tradición y modernidad, así como por retratar las transformaciones sociales de Venezuela.

Aunque es conocido principalmente por sus novelas, como Doña Bárbara, también escribió cuentos en los que combina el realismo social con una fuerte dimensión simbólica.

En “El crepúsculo del diablo” se narra la caída de un personaje que encarna una tradición popular en decadencia. Pedro Nolasco no es solo un hombre disfrazado de diablo, sino que representa una forma antigua de autoridad y de relación entre el pueblo y sus símbolos festivos.

De este modo, el payaso simboliza el nuevo tipo de espectáculo. Mientras el protagonista representaba el peligro y la fuerza, el payaso ofrece una diversión ligera y superficial.

La multitud prefiere este entretenimiento sin riesgo, lo que revela un cambio profundo en el espíritu popular. Así, el cuento plantea una reflexión sobre la transformación de las costumbres y la pérdida de ciertos valores tradicionales.

Con ello, Gallegos convierte la historia en una metáfora del paso del tiempo y de la inevitable sustitución de las viejas figuras de autoridad por nuevas formas de entretenimiento y poder social.

3. La ciudad - Arturo Uslar Pietri

Había llegado al extremo del barrio pobre. Las calles iban siendo más estrechas, más bajas las casas, más llenas de puertas, ventanas y gentes. Gentes en las puertas, en las aceras, en grupos en las esquinas, junto a los postes del alumbrado que todavía no se habían encendido. Angostos ventorros, olorosos a fritanga, tiendas de un zaguán desbordantes de colgajos de ropa, de juguetes, de jofainas y jarras. Caminando sin rumbo, lentamente, había llegado hasta allí. No conocía a nadie. Pero las miradas de los que encontraba sí lo conocían. Sabían que no era de allí. Era un extraño, metido en el barrio. Miradas de curiosidad y de desconfianza caían sobre él.

Podía ser peligroso. Sería mejor regresar, volver al centro, reintegrarse a los sitios y las gentes habituales.

En el momento en que iba a dar vuelta sobre la acera quebrada y estrecha sintió el empellón. Dos hombres lo habían tropezado y corrían huyendo. Se palpó los bolsillos. Algo debían haberle arrebatado. Uno de los hombres volvió la cara hacia él. Había gritado algo. Había ensañado con la mano hacia él. Se puso a correr como para alcanzarlo. Corría y se palpaba los bolsillos. Nada parecía faltar. ¿Qué decía aquel hombre que volvía la cabeza y gritaba palabras indistintas? Tal vez no era a él a quien se dirigía. Volvió la cabeza. Por la esquina próxima desembocaban y corrían, detrás de él o detrás de ellos, numerosas personas que a su vez gritaban. Se mezclaban sus voces y era imposible entender. Pero gritaban y venían hacia él o hacia los que habían pasado. Corrió con fuerza. Por las puertas fueron asomando otros hombres y mujeres. El griterío iba de los unos a los otros. Enseñaban con las manos hacia adelante. Los que estaban en grupos en las aceras empezaban a correr también. Toda la gente que estaba en la calle corría entre gritos. Y todos volvían a cada instante la cabeza hacia atrás para mirar otros grupos numerosos que surgían por las bocacalles y las puertas.

Caras angustiadas de mujeres y niños asomaban a su paso. Parecían gritarle algo que él no alcanzaba a oír entre la carrera y el jadeo. Parecían preguntarle o anunciarle algo. Luego al volver la cabeza los veía corriendo detrás. Algunos perros se habían incorporado al gentío que corría y ladraban sin rumbo hacia los que estaban más cerca.

Detrás y delante de él la calle corría, en millares de cabezas, como un torrente. Corría jadeante, con la respiración corta y la garganta seca. Algunas voces decían: “Allí vienen”. Había que mirar hacia atrás. Pero los que venían detrás miraban a su vez hacia atrás. “Vienen. Ya llegan”.

Saltando a ratos podía ver más lejos. Tres o cuatro cuadras hacia atrás el gentío parecía cambiar de aspecto. Más unido, más compacto. Debían ser aquellos últimos que desembocaban de los más lejanos cruces. Tal vez traían armas. Tal vez traían muerte. Recordaba cómo había corrido y corrido de niño, junto a otros, perseguidos por un perro que decían que estaba rabioso. Un perro grande y rápido que a cada instante parecía alcanzarlos.

Ya nada estaba quieto a lo largo de la calle. Por todas partes se divisaban grupos que huían, en la misma dirección. El clamor de las cornetas de los automóviles ensordecía. Estaban como atascados entre la masa humana y aullaban con su grito metálico. Había quienes, en la angustia de no poder avanzar, los abandonaban y quedaban en medio de la calle con su masa oscura como una roca en mitad de la corriente.

Había pasado por las calles de la infancia. Por la fachada sucia de la escuela. Se veía vacía la casa. Se veían vacías las tiendas y las paradas de autobuses. Todo parecía concentrado en aquella calzada por donde todos huían.

“Vienen”, aquellos ojos de pavorosa blancura que se volvían hacia él y más allá de él hacia el fondo de la calle, acaso miraban lo que él no podía mirar.

Tal vez se habían soltado los leprosos del lazareto. Era una de sus angustias de niño. Cuando pasaba por ante el liso muro de aquel asilo. Dentro estaban aquellos seres contrahechos por la enfermedad. Verlos daba miedo. A veces rozaba la pared y sentía el temor de haber adquirido el contagio. Iban a empezar a crecerle las orejas y los labios y a caérsele los dedos de las manos, como frutas podridas.

O eran los locos los que se habían escapado. Aquellos furiosos que gritaban sin término, atados en sus camisas de fuerza, detrás de rejas de casa de fieras.

O era una tropa de enemigos. Había oído a su madre contar las viejas historias de las invasiones de antaño. Cómo llegaban las partidas de hombres armados a robar y matar. Cómo la gente se ponía a toda prisa a esconder y enterrar sus cosas de valor. Cómo se ocultaban y se disfrazaban. Hombres vestidos de mujeres o de frailes. Cómo huían hacia los campos y los montes.

O cuando el terremoto. El último terremoto que destruyó media ciudad. Los que no quedaron debajo de los techos y las paredes caídos escapaban sin rumbo buscando las plazas y los espacios abiertos.

Pero no era eso ahora. No sentía moverse el suelo, ni se desgajaban las casas. Pero era parecido. La fluida creciente se enredaba en sí misma. Pasaban las calles, los parques, las grandes bocas vacías de las puertas de los cines, con sus inmensos carteles de hombres feroces disparando enormes pistolas y de mujeres desnudas. Caras de furia en rojo y negro y senos y caderas en avalancha. Todos pasaban de largo. Nadie entraba ni salía de los vacíos vestíbulos.

¿Por dónde vendrían? Hasta dónde penetraban en la larga corriente oscura que llenaba la vía a pérdida de vista. Se formaban cortos diálogos con los que iban más cerca. Con los que lo alcanzaban, con los que se retrasaban y llegaban a su nivel para quedarse atrás. Con los que daban traspiés ya para caer. Con los que trataban de gritar desde el suelo con los brazos levantados en protección contra las pateaduras de los que llegaban sobre ellos.

“Ya empezaron a quemar”. “Yo sabía que iban a quemar”. Hacia el fondo lejano la calle se confundía con aquel nubarrón de humo negro que crecía.

Por instantes pasaban caras conocidas. “¿Qué te parece esto?”. “Un horror”. “Un espanto”. “¿Quién lo iba a decir?”. “Yo sabía que esto iba a pasar”. “No se quede atrás, compañero”. Todos estaban distorsionados y cambiados por el temor y el cansancio. Era lo mismo que alguna vez le había pasado a alguno. Pero no a todos. Nunca en aquella forma. ¿Dónde empezaba y dónde terminaba? Era como una creciente que los arrastraba a todos, pero la creciente eran ellos mismos. Había visto crecer ríos y quebradas barriendo las casas de la orilla. Mesas, botellas verdes, perros, gentes y cochinos en ahogo. Iban llevados. Buscaban cómo llegar a la orilla. La orilla ahora eran aquellas casas a lo largo de la calle de las que seguían saliendo gentes en fuga. “Vienen”. “Llegan”. “Nos van a alcanzar”. Había mujeres que corrían con un niño a cuestas. Un niño que lloraba y hacía gestos desesperados con los brazos. “Esto no se había visto nunca”.

Un hombre que corría a su lado parecía más gordo y más viejo que él. Una cara roja y una respiración de fuelle. El vientre grueso le saltaba lentamente. La boca abierta. Palabras ahogadas, escupidas, cortadas. “¿Qué es lo que pasa?”. No le oyó bien. Después le entendió. “¿Lo que pasa?”. “Allá atrás”. Movía la cabeza para indicar la dirección. “Allá vienen”. Después dijo, en dos o tres veces, completando las frases entrecortadas por el ahogo. “Yo sabía que esto iba a pasar”. Esto. Todo aquel gentío en fuga. “El año pasado…”. No le oyó el resto. El año pasado él venía con frecuencia a aquella calle por donde huía ahora. A la hora en que el marido de Ana estaba en el trabajo. A las mujeres les costaba más trabajo correr. Arrancaban con más velocidad pero a poco iban disminuyendo. Cerca trotaban algunas jóvenes. Mujeres más viejas iban de prisa pero al paso. Ana debía haber escapado de su casa. Ella por su lado y el marido por el suyo. A Ana le gustaba el sobresalto de aquellas citas en que todo toque en la puerta, toda llamada de teléfono podía ser de su marido. Él hubiera preferido otra cosa. Era aquella casa con la puerta abierta. Se subía la escalera. La primera puerta a la izquierda. “¿Usted no supo lo que pasó ayer en el fútbol?”. “¿En el fútbol?”. “El fútbol”. El hombre atragantado de cansancio soltaba palabras en el aire. Muchas se perdían. “La gente salió corriendo. Todo el mundo se fue. De repente”. Había sido un anuncio. Hay animales que sienten las catástrofes. Como los gatos sienten los terremotos. Se ponen grifos y se salen de la casa.

“Natividad Díaz me lo había dicho”. “¿Natividad Díaz?”. El confidente se iba poniendo más lento. “Usted ni lo conoce”. No. No lo conocía. Él también iba avanzando con menos velocidad. Tal vez para no separarse del otro. “Yo esperaba esto desde hace tiempo”. Él, en cambio, no. Iba a decirle que no había pensado que aquello podía ocurrir pero sentía la garganta seca y no le salían las palabras. Tenía en la boca una saliva grumosa. Había gente caída en el pavimento. Algunos tropezaban y se derrumbaban sobre ellos. Había que esquivar los montones humanos. “Esos se fregaron”, balbuceaba el compañero. “Todos estamos fregados”. Ya era un pequeño trote lo que llevaban. Pasaban ahora junto a la plaza vacía, con algunos tranvías detenidos desamparados. Se veían saqueadores que salían de algunas tiendas cargados de mercancías. Un joven llevaba sobre la cabeza bamboleando un voluminoso aparato de televisión. “Mire eso”. Había dado un traspiés y el aparato cayó. Lo vio desintegrarse sobre el suelo. Los que venían detrás acabaron de aplastarlo. “¿Qué pensaría que podía hacer con eso?”. “Yo estoy muy cansado”. “Yo también”. “Ya no aguanto más”. Voces cercanas y más frescas gritaban cerca. “Allá vienen”. Él repetía sin pronunciar y adivinaba que el otro también repetía. “Allá vienen”. Ahora todos volvían las cabezas sin detenerse. Lejos, en la larga calle, se veía humo. Humo de incendios. Sobre techos lejanos crecían las llamas. “Están quemando la ciudad”. “Esta es mi casa”. “¿Su casa?”. El asfixiado compañero asintió con la cabeza. Él se volvió hacia aquel amasijo de edificios parejos. Debía ser aquélla. La señaló con una mano temblorosa. Aquella más estrecha, más vieja. Casa de angostos pisos, ventanas delgadas, y escaleras empinadas. Escaleras de pararse a cada vuelta a tomar aliento. Las ventanas estaban abiertas. La puerta abierta. No asomaba nadie. No se sabía si era una sonrisa o una mueca. “Mi casa”. Tampoco debió haber sido suya. Tampoco la casa entera. Algún cuarto en lo de más arriba. Con una sola ventana, con un ahogado pasadizo. Con aquel alquiler en billetes viejos y arrugados que dejaba de pagar a veces. Con pleitos y recriminaciones del casero. Ahora ninguna era de nadie. Todas vacías. Todas abandonadas. “Ahora se podría uno meter en cualquiera”. Nadie se iba a meter. Quién se iba a meter. De lo que se trataba era de irse. Irse lejos. Lo más lejos posible. Para no ser alcanzado, para no ser atrapado. ¿Qué casa?

Había pasado del trote cansino a un paso corto. A un paso que se iba haciendo más lento y arrastrado por momentos. Fue derivando, entre empellones y tropiezos, hacia una de las aceras. No era menor el apretujamiento y los empujones. Había entrado en medio de un matrimonio que desde una ancha puerta comenzaba a disolverse entre el gentío. La novia llena de tules blancos, con unos grandes ojos de terror. El novio con el cuello deshecho y la corbata bamboleante. Los testigos, los padrinos, los invitados, toda aquella gente vestida de oscuro que se iba desvaneciendo y perdiendo entre la turba de la calzada. No era el primer matrimonio que había encontrado en la escapada. Había tropezado con otros. Alguno no parecía de aquel tiempo. Más bien parecía salido de aquella vieja fotografía que colgaba en su casa, con la estampa de su padre y de su madre el día en que se casaron. Tiesas vestiduras anticuadas. Un hombre de bigotes de largas puntas con un cuello muy alto, muy blanco, muy brillante y unos grandes faldones como de levita y una novia de mucho pecho alto y cintura de avispa.

Había pasado en medio de bautizos. El padrino todavía lanzaba al aire pequeñas monedas, pero nadie se detenía a recogerlas. Y entre los matrimonios y los bautizos, salían entierros atropellados. Los llorosos deudos volvían la cabeza con susto y empezaban a huir con la muchedumbre. Los cargadores depositaban la urna sobre el suelo y desaparecían. Sobre el cajón pulido resonaban los golpes sordos y profundos de los que tropezaban.

Era necesario que hubiera pasado aquello para que todo apareciera mezclado y simultáneo. El entierro con el bautizo y el matrimonio. Nunca ocurrían en el mismo día, en la misma calle, con la misma gente. Era necesario que hubiera pasado aquello. Era necesario aquel pavoroso acontecimiento para que él, jadeante, ahogándose, agotado de fatiga, estuviera presente en todas aquellas ceremonias interrumpidas y rotas. Para que aquello que era la largura de un año o de una vida se convirtiera en tumulto y mezcla y pareciera pasar al mismo tiempo. El padrino de bautizo con la viuda, el muerto en su caja y el recién nacido lleno de adornos de muñeco.

Él había tenido un bautizo, pero no un matrimonio. No todavía. “¿Es usted casado?”, le preguntó a un hombre lento que avanzaba a su lado. “Qué le importa a usted”. Todo el mundo estaba de mal humor.

Cada vez había que cuidarse más de la gente caída. Eran muchos los que estaban tumbados o encogidos sobre el suelo. Los que miraban hacia arriba con unas caras de abandono y resignación, con los brazos cruzados protegiendo las cabezas.

Así iría a caer él también. Quedaban muchas calles todavía por recorrer. Si no los alcanzaban antes. Muchas calles largas y cortas, anchas y angostas, antes de poder salir de nuevo al descampado. Antes de que los alcanzara el incendio. Pero no era solo el incendio. Eran también ellos. Los que venían.

Policías sin gorra huían también. Saltaban por sobre los caídos y desaparecían hacia adelante. “¿Ve los policías?”. Un vecino asintió con un gesto mortecino. “Esos son los primeros”. Unos hombres de dolmanes rojos y unos kepis emplumados manchaban una bocacalle como un lampo de sangre. No sabía lo que eran. Nunca había visto esos uniformes.

“Son los del circo”. Irían también a soltar las fieras. Los osos, las cebras, los elefantes y los leones.

Tropezó con un pequeño bulto. Era un niño de bautizo abandonado. Tenía el faldellín blanco marcado de pisotones. Se detuvo un instante. Se inclinó con esfuerzo y lo recogió. Le pareció que pesaba mucho. El niño lloraba débilmente sobre su hombro. Tenía los ojos entrecerrados. Empezaba a vomitar. Con gorgoritos y arrumacos que recordaba de su escaso trato con los niños comenzó a calmarlo. Ahora caminaba más inseguro. A ratos el niño lo veía vagamente. Qué entendería de todo aquello. Qué iba a entender. “Yo no me explico esto”. Era una mujer gruesa y vieja. Iba a responderle cuando volvió con otra pregunta. “¿Es hijo suyo?”. No sabía lo que había contestado. “¿Es suyo?”. Hubiera sido difícil responder. Era suyo desde hacía un momento. “¿Y la mamá?”. Hizo un gesto negativo con la cabeza. “Pobrecito”. “Sí, pobrecito”. Iba a proponerle que se encargara del chico. Pero la mujer ni lo hubiera comprendido. Habría pensado que era un padre desnaturalizado. Ahora jadeaba con más esfuerzo y el peso del niño parecía aumentar. “Nos van a alcanzar”.

La mujer que le había hablado siguió de largo. Eran otros o distintos los que se emparejaban con él en la atropellada marcha. Lo depasaban o se rezagaban. Él apretaba el niño y arrastraba los pies. Ahora se le hacía más difícil volver la cabeza hacia atrás. Hacia los que venían con más ímpetu. “Vienen”. Lo alcanzarían finalmente. Cada vez más lento y más rezagado. Lo atraparían. Las manos de ellos o las lenguas ennegrecidas y chisporroteantes del incendio. Como aquellas fauces de fiera o aquellos cuernos de toro perseguidor que siempre estaban a punto de darle alcance en las pesadillas de la infancia. Cuando quería huir y no podía. Cuando quería correr y los pies se le hacían pesados y como adheridos al suelo. Tan inmóvil como aquellos árboles a los que iba alcanzando el incendio en la sabana. Todavía de una casa cercana salía una boda tardía. En dispersión de cuerpos y de gritos. Entre hombres vestidos de negro la novia de blanco trataba de correr. Velos de punto hirsuto flotaban sobre las cabezas. Las manos forradas en guantes blancos volaban dando aletazos de angustia.

Un momento la novia estuvo frente a él. Le miró el niño que apretaba en los brazos. Algo le iba a preguntar pero no habló o no le pudo oír entre el ruido. Eran bocas abiertas y ojos en blanco. Ahora era otra gente la que lo rodeaba. Con el niño cada vez más pesado entre los brazos. Sentía dolor en los codos y en los hombros. Como si se hubiera puesto muy pesado y ya no pudiera sostenerlo. Él mismo parecía haberse ido poniendo más bajo. Casi en cuclillas. Ahora había puesto el niño en el suelo. Lo miraba desde arriba. Estaba quieto, con los ojos abiertos y la boca descolgada. Flojo y desmadejado. Lo colocó poco a poco con el pie, en un portal vacío. Hacia adentro se miraba el pasadizo vacío al que daban, abiertas, todas las puertas.

Ya no lo veía. Lo habían desplazado a empujones. Iba ahora más lejos. Más lento entre la gente que parecía moverse más a prisa. No veía ahora caras sino hombros y espaldas. Cerca de sus ojos.

Intentó regresar. Logró con dificultad pegarse a la pared y comenzar poco a poco a remontar. Avanzaba muy lentamente. Todos los pechos y las voces venían contra él.

“Tengo que recogerlo”. Por ratos no lograba ver la pared, metido entre tantos cuerpos en contra. No debía estar lejos. Era el mismo portal, pero no estaba el niño. O no era el mismo portal. Logró remontar otro trecho. Iba sobre el borde de la pared aplastado por los que venían. Casi no avanzaba. Ahora sí estaba en el portal. Era la misma puerta entreabierta, el mismo largo zaguán vacío, las mismas puertas abiertas, sin gente. Era un hombre el que estaba tendido sobre el umbral. Casi desnudo, largo, blanco. Con una barba negra como de santo. Los ojos abiertos, muertos. Un taparrabos de tela rota. Parecía una imagen de procesión sin velas y sin vidrios. Tan viejo como el padre del niño. Menos viejo que él.

Ahora lo veía alejarse. Era él mismo quien se alejaba. Reculando. Sostenido y llevado entre pechos y espaldas de los que huían. Ya fuera de la ciudad, tal vez.

Arturo Uslar Pietri (Venezuela, 1906 - 2001) fue uno de los escritores e intelectuales más importantes de la literatura venezolana del siglo XX.

Su obra reflexiona sobre la identidad latinoamericana, la historia y las tensiones sociales de la modernidad. Asimismo, sus relatos suelen combinar observación realista con elementos simbólicos que revelan una mirada crítica sobre la sociedad.

Aquí el miedo colectivo se convierte en el verdadero protagonista. A lo largo del cuento nunca se revela con claridad qué provoca la huida masiva. La amenaza permanece indefinida, convertida en un rumor que se transmite de persona en persona.

Esta ambigüedad es fundamental para el sentido del relato. El pánico se expande más rápido que cualquier peligro real y termina dominando a toda la población.

Así, la ciudad se convierte en un espacio frágil, capaz de desintegrarse en cuestión de minutos. Las instituciones, las celebraciones y la vida cotidiana se derrumban cuando surge el miedo.

De esta manera, el cuento propone una reflexión sobre la psicología de las masas y sobre la facilidad con que una sociedad puede sucumbir al pánico. La amenaza nunca llega a definirse del todo; lo verdaderamente devastador es la reacción colectiva.

4. La I latina - José Rafael Pocaterra

I

¡No, no era posible!, andando ya en siete años y burrito, burrito, sin conocer la o por lo redondo y dando más que hacer que una ardilla.

-¡Nada!, ¡nada! -dijo mi abuelita-. A ponerlo en la escuela...

Y desde ese día, con aquella eficacia activa en el milagro de sus setenta años, se dio a buscarme una maestra. Mi madre no quería; protestó que estaba todavía pequeño, pero ella insistió resueltamente. Y una tarde al entrar de la calle, deshizo unos envoltorios que le trajeron y sacando un bulto, una pizarra con su esponja, un libro de tipo gordo y muchas figuras y un atadito de lápices, me dijo poniendo en mi aquella grave dulzura de sus ojos azules: -¡Mañana, hijito, casa de la señorita que es muy buena y te va a enseñar muchas cosas...!

¡Yo me abracé a su cuello, corrí por toda la casa, mostré a los sirvientes mi bulto nuevo, mi pizarra flamante, mi libro, todo marcado con mi nombre en la magnífica letra de mi madre, un libro que se me antojaba un cofrecillo sorprendente, lleno de maravillas! Y la tarde ésa y la noche sin quererme dormir, pensé cuántas cosas podría leer y saber en aquellos grandes librotes forrados de piel que dejó mi tío el que fue abogado y que yo hojeaba para admirar las viñetas y las rojas mayúsculas y los montoncitos de caracteres manuscritos que llenaban el margen amarillento.

Algo definitivo decíame por dentro que yo era ya una persona capaz de ir a la escuela.

II

¡Hace cuántos años, Dios mío! Y todavía veo la casita humilde, el largo corredor, el patiecillo con tiestos, al extremo una cancela de lona que hacía el comedor, la pequeña sala donde estaba una mesa negra con una lámpara de petróleo en cuyo tubo bailaba una horquilla. En la pared había un mapa desteñido y en el cielo raso otro formado por las goteras. Había también dos mecedoras desfondadas, sillas; un pequeño aparador con dos perros de yeso y la mantequillera de vidrio que fingía una clueca echada en su nido; pero todo tan limpio y tan viejo que dijérase surgido así mismo, en los mismos sitios desde el comienzo de los siglos.

Al otro extremo del corrector, cerca de donde me pusieron la silla enviada de casa desde el día antes, estaba un tinajero pintado de verde con una vasija rajada; allí un agua cristalina en gotas musicales, largas y pausadas, iba cantando la marcha de las horas. Y no sé por qué aquella piedra de filtrar llena de yerbajos, con su moho y su olor a tierras húmedas, me evocaba ribazos del río o rocas avanzadas sobre las olas del mar...

Pero esa mañana no estaba yo para imaginaciones, y cuando se marchó mi abuelita, sintiéndome solo e infeliz entre aquellos niños extraños que me observaban con el rabillo del ojo, señalándome; ante la fisonomía delgadísima de labios descoloridos y nariz cuyo lóbulo era casi transparente, de la Señorita, me eché a llorar. Vino a consolarme, y mi desesperación fue mayor al sentir en la mejilla un beso helado como una rana.

Aquella mañana de «niño nuevo» me mostró el reverso de cuanto había sido ilusorias visiones de sapiencia... Así que en la tarde, al volver para la escuela, a rastras casi de la criada, llevaba los párpados enrojecidos de llorar, dos soberbias nalgadas de mi tía y el bulto en banderola con la pizarra y los lápices el virginal Mandevil tamborileando dentro de un modo acompasado y burlón.

III

Luego tomé amor a mi escuela y a mis condiscípulos: tres chiquillas feúcas, de pelito azafranado y medias listadas, un gordinflón que se hurgaba la nariz y nos punzaba con el agudo lápiz de pizarra; otro niño flaco, triste, ojerudo, con un pañuelo y unas hojas siempre al cuello y oliendo a aceite; y Martica, la hija del Letrero de enfrente que era alemán. Siete u ocho a lo sumo: las tres hermanas se llamaban las Rizar, el gordinflón José Antonio, Totón, y el niño flaco que murió a poco, ya no recuerdo cómo se llamaba. Sé que murió porque una tarde dejó de ir, y dos semanas después no hubo escuela.

La Señorita tenía un hermano hombre, un hermano con el cual nos amenazaba cuando dábamos mucho que hacer o estallaba una de esas extrañas rebeldías infantiles que delatan a la eterna fiera.

-¡Sigue!, ¡sigue rompiendo la pizarra, malcriado, que ya viene por ahí Ramón María!

Nos quedábamos suspensos, acobardados, pensando en aquel terrible Ramón María que podía llegar de un momento a otro... Ese día, con más angustia que nunca, veíamosle entrar tambaleante como siempre, oloroso a reverbero, los ojos aguados, la nariz de tomate y un paltó dril verdegay.

Sentíamos miedo y admiración hacia aquel hombre cuya evocación sola calmaba las tormentas escolares y al que la Señorita, toda tímida y confusa, llevaba del brazo hasta su cuarto, tratando de acallar unas palabrotas que nosotros aprendíamos y nos las endosábamos unos a los otros por debajo del Mandevil.

-¡Los voy a acusar con la Señorita! -protestaba casi con un chillido Marta, la más resuelta de las hembras.

-La Señorita y tú... -y la interjección fea, inconsciente y graciosísima, saltaba de aquí para allá como una pelota, hasta dar en los propios oídos de la Señorita.

Ese era día de estar alguno en la sala, de rodillas sobre el enladrillado, el libro en las manos, y las orejas como dos zanahorias.

-Niño, ¿por qué dice eso tan horrible? -me reprendía afectando una severidad que desmentía la dulzura gris de su mirada.

-¡Porque yo soy hombre como el señor Ramón María!

Y contestaba, confusa, a mi atrevimiento:

-Eso lo dice él cuando está «enfermo».

IV

A pesar de todo, llegué a ser el predilecto. Era en vano que a cada instante se alzase una vocecilla:

-¡Señorita, aquí «el niño nuevo» me echó tinta en un ojo!

-Señorita, que «el niño nuevo» me está buscando pleito.

A veces era un chillido estridente seguido de tres o cuatro mojicones:

-¡Aquí...!

Venía la reprimenda, el castigo; y luego más suave que nunca, aquella mano larga, pálida, casi transparente de la solterona me iba enseñando con una santa paciencia a conocer las letras que yo distinguía por un método especial: la A, el hombre con las piernas abiertas y evocaba mentalmente al señor Ramón María cuando entraba «enfermo» de la calle-; la O, al señor gordo -pensaba en el papá de Totón-; la Y griega una horqueta -como la de la china que tenía oculta-; la I latina, la mujer flaca -y se me ocurría de un modo irremediable la figura alta y desmirriada de la Señorita... Así conocí la Ñ, un tren con su penacho de humo; la P, el hombre con el fardo; y la & el tullido que mendigaba los domingos a la puerta de la iglesia.

Comuniqué a los otros mis mejoras al método de saber las letras, y Marta -¡como siempre!- me denunció:

-¡Señorita, «el niño nuevo» dice que usted es la I latina!

Me miró gravemente y dijo sin ira, sin reproche siquiera, con una amargura temblorosa en la voz, queriendo hacer sonrisa la mueca de sus labios descoloridos:

-¡Sí la I latina es la más desgraciada de las letras... puede ser!

Yo estaba avergonzado; tenía ganas de llorar. Desde ese día cada vez que pasaba el puntero sobre aquella letra, sin saber por qué, me invadía un oscuro remordimiento.

V

Una tarde a las dos, el señor Ramón María entró más «enfermo» que de costumbre, con el saco sucio de la cal de las paredes. Cuando ella fue a tomarle del brazo, recibió un empellón yendo a golpear con la frente un ángulo del tinajero. Echamos a reír; y ella, sin hacernos caso, siguió detrás con la mano en la cabeza... Todavía reíamos, cuando una de las niñas, que se había inclinado a palpar una mancha oscura en los ladrillos, alzó el dedito teñido de rojo:

-Miren, miren: ¡le sacó sangre!

Quedamos de pronto serios, muy pálidos, con los ojos muy abiertos.

Yo lo referí en casa y me prohibieron, severamente, que lo repitiese. Pero días después, visitando la escuela el señor inspector, un viejecito pulcro, vestido de negro, le preguntó delante de nosotros al verle la sien vendada:

-¿Como que sufrió algún golpe, hija?

Vivamente, con un rubor débil como la llama de una vela, repuso azorada:

-No señor, que me tropecé...

-Mentira, señor inspector, mentira -protesté rebelándome de un modo brusco, instintivo, ante aquel angustioso disimule- fue su hermano, el señor Ramón María que la empujó, así... contra la pared... -y expresivamente le pegué un empujón formidable al anciano.

-Sí, niño, si ya sé... -masculló trastumbándose.

Dijo luego algo más entre dientes; estuvo unos instantes y se marchó.

Ella me llevó entonces consigo hasta su cuarto; creí que iba a castigarme, pero me sentó en sus piernas y me cubrió de besos; de besos fríos y tenaces, de caricias maternales que parecían haber dormido mucho tiempo en la red de sus nervios, mientras que yo, cohibido, sentía que al par de la frialdad de sus besos y del helado acariciar de sus manos, gotas de llanto, cálidas, pesadas, me caían sobre el cuello. Alcé el rostro y nunca podré olvidar aquella expresión dolorosa que alargaba los grises ojos llenos de lágrimas y formaba en la enflaquecida garganta un nudo angustioso.

VI

Pasaron dos semanas, y el señor Ramón María no volvió a la casa. Otras veces estas ausencias eran breves, cuando él estaba «en chirona», según nos informaba Tomasa, única criada de la Señorita que cuando ésta salía a gestionar que le soltasen, quedábase dando la escuela y echándonos cuentos maravillosos del pájaro de los siete colores, de la princesa Blanca-flor o las tretas siempre renovadas y frescas que le jugaba tío conejo a tío tigre.

Pero esta vez la Señorita no salió; una grave preocupación distraíala en mitad de las lecciones. Luego estuvo fuera dos o tres veces; la criada nos dijo que había ido a casa de un abogado porque el señor Ramón María se había propuesto vender la casa.

Al regreso, pálida, fatigada, quejábase la Señorita de dolor de cabeza; suspendía las lecciones, permaneciendo absorta largos espacios, con la mirada perdida en una niebla de lágrimas... Después hacía un gesto brusco, abría el libro en sus rodillas y comenzaba a señalar la lectura con una voz donde parecían gemir todas las resignaciones de este mundo: -vamos, niño: «Jorge tenía una hacha...».

VII

Hace quince días que no hay escuela. La Señorita está muy enferma. De casa han estado allá dos o tres veces. Ayer tarde oí decir a mi abuela que no le gustaba nada esa tos...

No sé de quién hablaban.

VIII

La Señorita murió esta mañana a las seis...

IX

Me han vestido de negro y mi abuelita me ha llevado a la casa mortuoria. Apenas la reconozco: en la repisa no están ni la gallina ni los perros de yeso; el mapa de la pared tiene atravesada una cinta negra; hay muchas sillas y mucha gente de duelo que rezonga y fuma. La sala llena de vecinas rezando. En un rincón estamos todos los discípulos, sin cuchichear, muy serios, con esa inocente tristeza que tienen los niños enlutados. Desde allí vemos, en el centro de la salita, una urna estrecha, blanca y larguísima que es como la Señorita y donde está ella metida. Yo me la figuro con terror: el Mandevil abierto, enseñándome con el dedo amarillo, la I, la I latina precisamente.

A ratos, el señor Ramón María que recibe los pésames al extremo del corredor y que en vez del saco dril verdegay luce una chupa de un negro azufroso, va a su cuarto y vuelve. Se sienta suspirando con el bigote lleno de gotitas. Sin duda ha llorado mucho porque tiene los ojos más lacrimosos que nunca y la nariz encendida, amoratada.

De tiempo en tiempo se suena y dice en alta voz:

-¡Está como dormida!

X

Después del entierro, esa noche, he tenido miedo. No he querido irme a dormir. La abuelita ha tratado de distraerme contando lindas historias de su juventud. Pero la idea de la muerte está clavada, tenazmente, en mi cerebro. De pronto la interrumpo para preguntarle:

-¿Sufrirá también ahora?

-No -responde, comprendiendo de quién le hablo- ¡la Señorita no sufre ahora!

Y poniendo en mí aquellos ojos de paloma, aquel dulce mirar inolvidable, añade:

-¡Bienaventurados los mansos y humildes de corazón porque ellos verán a Dios!...

José Rafael Pocaterra (Venezuela, 1889 - 1955) fue un escritor y diplomático. En muchos de sus cuentos explora la fragilidad humana y las contradicciones de la sociedad venezolana de comienzos del siglo XX.

En La I latina utiliza la mirada ingenua de un niño para retratar una realidad dolorosa que el protagonista apenas logra comprender. La maestra aparece como una figura humilde, solitaria y resignada, cuya vida está marcada por el sacrificio y la violencia doméstica.

La comparación entre su figura y la letra “I” adquiere así un sentido simbólico: recta, delgada y aparentemente insignificante, representa la humildad, la fragilidad y la tristeza silenciosa de la mujer.

El cuento muestra cómo, a través de un recuerdo infantil, se revela una profunda reflexión sobre la compasión, la injusticia y la dignidad de quienes sufren en silencio.

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Catalina Arancibia Durán
Catalina Arancibia Durán
Máster en Literatura Española e Hispanoamericana. Diplomada en Teoría y Crítica de Cine. Profesora de talleres literarios y correctora de estilo.